

Azarashi tenía 63 años y no esperaba nada más de la vida en materia de amor.
Se había divorciado a los 48 después de más de dos décadas de matrimonio, crio sola a su hijo y dedicó sus días a un negocio de ropa para mascotas. El romance parecía un capítulo cerrado, hasta que en agosto de 2020, en una cafetería de Tokio, encontró un celular olvidado y decidió devolverlo. Su dueño tenía 31 años.


Se volvieron a cruzar en un tranvía y ahí nació algo que ninguno de los dos vio venir. Se casaron en Navidad de 2022 y hoy, tres años después, se siguen llamando ‘príncipe’ y ‘princesa’. Azarashi es incluso seis años mayor que su suegra, que al principio dudó de la relación pero terminó aceptándola. Ahora los dos dirigen juntos una agencia matrimonial, ayudando a otras parejas a encontrar lo que ellos hallaron por casualidad.

