

Wang tenía 11 años cuando su madre le regaló un Samoyedo blanco al que llamó Reno.
Ese perro creció con ella, durmió a su lado y la acompañó durante más de una década. Cuando Wang se enteró de que estaba embarazada, Reno murió. Meses después, su hijo nació con una marca en el brazo izquierdo, exactamente en el mismo punto donde el perro tenía una marca en su pata.

Los médicos que revisaron al bebé fueron claros: se trataba de una simple mancha de nacimiento, sin ningún significado médico. Pero para Wang esa coincidencia no fue casualidad. Desde entonces, cree que Reno sigue a su lado, ahora en la piel de su hijo. La historia, nacida en redes sociales, sigue dividiendo a quienes la leen entre la ciencia y la fe.
