A los 24 años, Katie Schroeder empezó a inhalar químicos para sentir euforia. En Wisconsin consumía dos o tres latas al día y gastaba unos 200 dólares mensuales. Tras dos años, terminó hospitalizada con quemaduras y ampollas en el rostro; al desmayarse, también se fracturó la órbita ocular.

Hoy, a los 43, habla de esa adicción para advertir sobre el llamado “cromado”, que consiste en inhalar químicos de productos comunes. Aunque dejó el hábito, el sonido y el olor de los aerosoles le despiertan recuerdos traumáticos y ansiedad. Katie evita tenerlos en casa porque teme recaer. Si una tendencia propone inhalar sustancias, no la pruebes: el riesgo puede empezar desde la primera vez.


