Romina Páez enterró a sus padres y se quedó, de golpe, como la única adulta responsable de siete hermanos.

Siete hermanos que conviven con ataxia de Friedreich, una enfermedad genética que ataca poco a poco el equilibrio, los músculos y el corazón, y para la que hoy no existe cura. La mayoría de quienes la padecen necesita una silla de ruedas antes de cumplir 15 años desde el primer síntoma. Romina lo sabe de memoria porque lo vive todos los días: solo cuenta con una silla de ruedas prestada para repartir entre varios cuerpos que la necesitan al mismo tiempo.

Era maestra. Enseñaba mientras sostenía una casa entera sobre los hombros, hasta que también perdió ese trabajo. Ninguna prestación cubre lo que ella hace sin horario ni sueldo: bañar, alimentar, trasladar, calmar el miedo de siete personas que dependen de sus manos. No pidió aplausos, solo tiempo y ayuda para no derrumbarse. Y aun así, cada mañana, vuelve a levantarse por ellos.
