
No tienen ni un día de vida y ya tuvieron que saltar al vacío.
En un refugio silvestre de Washington, unos gansitos canadienses recién salidos del cascarón se asomaron al borde de su nido, a 7.6 metros del suelo. Abajo los esperaban sus padres, y no hay otra forma de bajar: cuando nacen, deben seguirlos casi de inmediato. Así que uno a uno se lanzaron, con las alitas aún inútiles y las patas estiradas hacia la nada.



Lo que parece una caída fatal es en realidad un diseño perfecto de la naturaleza. Su cuerpo pesa casi nada y su plumaje, suave como algodón, amortigua cada golpe. Las fotos de Jake Bonello los captaron justo en el aire, entre el miedo y el instinto. Pasarán todo el verano pegados a sus padres, aprendiendo a ser gansos, hasta que ese primer salto se convierta por fin en vuelo.
