“No es bueno ni para humanos ni para animales”.
En 1931, el psicólogo Winthrop Niles Kellogg y su esposa, Luella, llevaron a su casa a Gua, una chimpancé de 10 meses, para criarla junto a su hijo Donald, que tenía apenas 7 meses. Querían observar cuánto podía influir un entorno humano en el desarrollo del animal.

Pero con el paso de los meses ocurrió algo inesperado: fue Donald quien comenzó a imitar a Gua. El niño empezó a gruñir, morder y gatear como ella, una situación que terminó preocupando a sus padres.
El experimento duró apenas nueve meses. Cuando notaron que Donald incorporaba cada vez más conductas del chimpancé, decidieron ponerle fin.
Gua mostró avances en algunas habilidades físicas, pero quedó rezagada frente a Donald cuando él comenzó a desarrollar el lenguaje. Poco después de terminar el estudio, la chimpancé murió.
Winthrop Kellogg documentó todo en el libro The Ape and the Child, y décadas después el caso sigue siendo recordado como uno de esos experimentos que hoy levantarían enormes cuestionamientos éticos.
Querían descubrir cuánto podía aprender una chimpancé de un niño, pero terminaron viendo cuánto podía aprender un niño de ella.
