
El hombre más rápido de la historia llegó a Beijing con 22 años y un problema: su estómago no aceptaba la comida china.
En el campo de entrenamiento había probado los platos locales. Su cuerpo no respondió bien. Así que Usain Bolt tomó una decisión que nadie le recomendaría a un atleta olímpico: comer solo lo que conocía.
Lo que conocía eran los McNuggets de McDonald’s.
“Al principio me comí una caja de 20 para el almuerzo, y luego otra para la cena”, contó en su libro. Al día siguiente fueron dos cajas en el desayuno, una en el almuerzo y un par más por la noche. Con papas fritas y un pay de manzana de compañía. Todo con agua embotellada.
Según su propia cuenta, fueron unos 100 al día durante unos 10 días en la Villa Olímpica. Unos mil en total. La cifra es una estimación suya, no un conteo exacto. Algunos cálculos hablan de entre 47.000 y 59.000 calorías.
Y entonces llegó la pista.
En agosto de 2008, en Beijing, Bolt corrió los 100 metros en 9,69 segundos y los 200 en 19,30. Los dos fueron récords mundiales. Con el relevo 4×100 sumó un tercer récord, aunque ese oro se retiró años después por el dopaje de un compañero.
Años más tarde bromeó: “Vaya, debería haber ganado una medalla de oro por todo lo que me atiborré de comida”.
No había secreto, ni plan científico. Solo un muchacho de casi dos metros que confió en lo único que su cuerpo aceptaba y corrió como nadie.
