Ian Murphy tenía 21 años y manejaba hacia su trabajo en Pittsburgh cuando su auto se salió del camino. Era el 30 de septiembre de 2006. El golpe le dejó el cerebro dañado y el cuerpo paralizado. No podía hablar. No podía comer solo.
Su novia, Larissa, lo había conocido un año antes en la universidad de Indiana, Pensilvania. Cuando el médico le dio la noticia, ella no pensó en irse. Se mudó a la casa de los padres de Ian y empezó a cuidarlo todos los días.

“Yo no sabía si me amaba -contó después-. Él no podía hablar ni comer, así que probablemente nuestra relación era rara. Pero la pasábamos de maravilla.”
Se prometió algo, si Ian volvía a comunicarse con ella, se casarían. La recuperación fue lenta, año tras año. En 2009, antes de ver la boda, murió el padre de Ian, enfermo de cáncer cerebral.

Un año después, Ian juntó las palabras para pedirle matrimonio. Como él necesitaba autorización legal para decisiones de vida, un juez tuvo que aprobar la boda. “Ustedes dos son un ejemplo de lo que es el amor”, dijo antes de firmar.
Se casaron en 2010, cuatro años después del accidente, rodeados de familia y amigos. El amor, esta vez, llegó caminando despacio, pero llegó entero.

