Victoria Beckham nunca fue fan del fútbol. El día que fue a ese partido del Manchester United solo quería acompañar a su mánager, hincha de los Red Devils, y conocer al chico del sticker.

En los noventa coleccionaban estampas de futbolistas, y ella había visto a David en una. Al terminar el juego no se fijó únicamente en lo guapo que era. Lo vio con sus papás y su hermana menor.
Y ahí algo hizo clic. “Soy muy familiar, y eso me atrapó más que cualquier gol”, contó. Él era tímido, así que ella dio el primer paso. Se veían en secreto, en estacionamientos.

Sus papás la dejaban ahí y ella se subía a su coche. Horas de conversación, risas y confesiones, sin la prensa arruinando el comienzo. Entonces ella estaba en la cima con las Spice Girls y él todavía no era famoso. Jamás le pesó.
David la miraba desde un costado del escenario. Para ella, eso lo decía todo: no estaba con un hombre que se sentía menos, sino con alguien seguro de sí mismo y del amor que sentía por ella.
