Los cepillos giran, el agua cae a presión y la espuma cubre todo en segundos. Para cualquier persona, meterse ahí sería una pesadilla. Para este perrito, fue la mejor idea del día.
Se acercó despacito, esperó su turno detrás de un auto como si supiera exactamente lo que hacía, y cuando el cepillo cilíndrico quedó a su alcance, no dudó: se recostó contra él y dejó que el masaje hiciera su trabajo. Agua, jabón y cerdas suaves recorrieron su lomo mientras la máquina seguía funcionando a su alrededor.
No hubo dueño empujándolo ni nadie que lo entrenara para esto. Solo un perro callejero que decidió que el spa también podía ser gratis, y que el miedo de los demás no tenía por qué ser el suyo.
