El agua ya le llegaba a la cintura cuando decidió no detenerse.
Era principios de julio de 2026 y el tifón Maysak había convertido las calles de Guangxi, en el sur de China, en un río furioso.
Las lluvias torrenciales dejaron a 375.000 personas afectadas, anegaron escuelas enteras y provocaron incluso la rotura de una presa. En medio de ese caos, un rescatista avanzaba paso a paso contra la corriente, sosteniendo con firmeza a un bebé entre sus brazos.
No era el único: en otro punto de la región, en Hengzhou, otro equipo improvisó un balde para sacar a un pequeño de las aguas. Historias distintas, mismo instinto.
Mientras el desastre golpeaba a cientos de miles, hubo quienes decidieron que ningún río sería lo bastante fuerte como para arrebatarles una vida que apenas empezaba.
