

El cabrito no tenía cuernos, pero eso no le importó.
Bajó la cabeza como había visto hacer a los adultos de su corral, listo para su primer topetazo de práctica, y fue directo hacia el gato que estaba parado junto a él. No calculó bien la distancia ni la fuerza — apenas rozó su frente contra el lomo del felino, una y otra vez, insistente, como quien ensaya un movimiento nuevo.
El gato, que pudo haberse apartado o bufado, se quedó quieto. Cerró los ojos y dejó que el cabrito repitiera el gesto, como si en vez de un entrenamiento de embestidas estuviera recibiendo mimos. Nadie les explicó a ninguno de los dos que estaban jugando juegos distintos, y quizás por eso terminó siendo el más tierno de todos.
