El agua no debería poder dividirse así, pero en China lo hace.

En el estuario donde el Río Amarillo desemboca en el mar de Bohai, dos masas de agua completamente distintas se tocan sin fundirse. De un lado, el río arrastra toneladas de sedimento amarillento recogido en su viaje de miles de kilómetros; del otro, el mar mantiene su tono azul profundo, más salado y más denso. Cuando ambas corrientes se encuentran, la diferencia de densidad y salinidad actúa como una pared invisible que frena la mezcla.

El resultado es una línea casi perfecta, visible incluso desde el aire, que muchos confunden con un choque de océanos. No lo es: es física pura, la misma que separa el agua dulce de la salada en decenas de estuarios del mundo, pero pocas veces tan nítida como aquí. La corriente, el viento y la temperatura del agua deciden cada día cuánto dura esa frontera antes de disolverse.
