No es un semáforo cualquiera. En la Panamericana, a la altura de varios accesos en Argentina, hay conductores que ya no bajan la ventanilla por miedo.

La mecánica es simple y perversa: un limpiavidrios se acerca, ofrece su servicio sin que nadie lo pida, y si no le pagas, el vidrio o la carrocería terminan pagando el precio. Testigos describen golpes con las mismas franelas, rayones deliberados y hasta roturas de espejos como forma de represalia inmediata. No es un accidente ni un exceso aislado: es una extorsión que se repite con patrón, cruce tras cruce, semáforo tras semáforo.

Lo que más indigna no es solo el daño material, sino la sensación de indefensión: nadie interviene, no hay control visible, y quien se resiste paga con su auto. Mientras tanto, cada conductor que pasa por esa ruta se pregunta lo mismo: ¿hasta cuándo alguien va a hacer algo antes de que esto termine peor?
