Fue a relajarse y terminó denunciando un abuso.

La joven llegó al centro de bienestar buscando algo simple: un masaje de rutina para desconectar. Le preguntaron si tenía preferencia sobre el género del profesional y ella, confiada, dijo que no había problema. Nada la preparó para lo que vendría después.

Según su relato, el masajista comenzó a tocar zonas de su cuerpo que no tenían nada que ver con el servicio contratado, hasta llegar a un contacto íntimo que ella jamás autorizó. Quedó en shock, sin poder reaccionar en el momento, procesando después lo que acababa de vivir en un lugar donde se supone que debía sentirse segura.

Ahora cuestiona algo que debería ser obvio: ¿dónde están los protocolos, la supervisión y los límites que protegen a quienes solo buscan un servicio de bienestar? Ni el establecimiento ni las autoridades se han pronunciado todavía, y la pregunta queda flotando: ¿cuántas historias como esta se quedan calladas?
