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Gösta tiene apenas 15 semanas y ya aprendió algo que la mayoría de los perros nunca sabrá: la felicidad, si es demasiada, lo tumba al suelo.
Le diagnosticaron narcolepsia con cataplexia a las 9 semanas de vida. Cuando algo lo emociona de más —un juguete nuevo, una carrera en el jardín— su cuerpo pierde el tono muscular de golpe y se queda dormido ahí mismo, sin aviso. No es un cuento: es una condición real que también existe en algunos perros, no solo en personas.
Gösta sigue siendo un cachorro juguetón y lleno de energía. Solo necesita, de vez en cuando, un poquito más de siesta que los demás, porque su condición no tiene cura.
