Juan no tiene ahorros, ni prima, ni un salario que lo respalde a fin de mes.

En Medellín, se levanta todos los días a las 4 de la mañana, mucho antes que el resto del barrio Manrique, porque afuera de su rancho ya lo esperan los perros y gatos que él mismo alimenta. Todo empezó el día que vio a una perra a punto de parir revolcándose entre la basura para poder comer. Desde entonces, Juan volvió cada botella, cada cartón y cada papel que recicla en algo distinto: comida, medicina, una cobija para el frío.

En su casa duermen decenas de animales sobre colchones que él mismo consigue, cubiertos con cobijas para que la lluvia no los alcance. “Yo trabajo directamente para ellos y lo hago con todo el amor del mundo así yo no tenga nada”, dice con una sonrisa que no pide nada a cambio.
Ahora el techo de su albergue está a punto de volarse, y Juan pide ayuda para sostener el único lugar seguro que muchos de estos animales han conocido.
