Rich Piana se desplomó en su casa de Los Ángeles un día cualquiera de 2017.

Su pareja lo encontró inconsciente y llamó a emergencias. Los médicos lo indujeron a un coma para intentar controlar la inflamación cerebral, pero el daño ya estaba hecho: décadas de anabólicos habían dejado su corazón agrandado y sus órganos al límite. Piana, que llegó a admitir públicamente el uso de esteroides desde la adolescencia, murió semanas después, a los 46 años.

Su caso se volvió un símbolo incómodo en el mundo del fitness: el mismo cuerpo que exhibía como logro fue el que terminó fallando primero. Hoy circula como advertencia entre entrenadores y médicos deportivos que insisten en lo mismo: el atajo químico tiene una factura que se cobra en silencio, hasta que ya es tarde para pagarla.
