

Andrea tiene 31 años, pero para su mamá todavía es una niña a punto de llegar tarde a la escuela.
El alzheimer ha ido borrando la realidad de esta mujer, aunque no del todo. Una tarde se acercó a su hija con una frase de otra época: «Ven a peinarte, vas tarde». Y ella, sentada en el sillón, se dejó hacer. Con una mano en la frente y media sonrisa cansada, mientras los dedos de su madre le acomodaban el cabello, volvió a una escena que casi no vivió.
Lo cuenta ella misma en redes: tuvo muy poca infancia y su mamá la peinó pocas veces. Por eso recuerda con tanta nitidez cada una de aquellas ocasiones. Ahora, con la enfermedad de por medio, ese mismo gesto regresó cuando ya no se lo esperaba, y con él la nostalgia y las ganas de que alguien la consintiera.
«Lejos de ser la hija perfecta», escribe, tiene la certeza de que todo lo que hace es por el bienestar de su familia. Y mientras tanto, entre lo que se olvida y lo que se queda, una madre sigue siendo madre.
