Chinyere no tenía dinero para el auto que soñaba regalarle a su hijo.
Durante años imaginó comprarle una camioneta Mercedes-Benz el día que se graduara. Pero las ventas de comida y bebidas que hace como comerciante en Ubaha-Eze, un pueblo agrícola de Nigeria, no le alcanzaban ni de cerca. Así que viajó más de una hora hasta el Politécnico Federal de Nekede llevando, en su lugar, una cabra marrón atada con una cuerda.

Su hijo Promise Okoro, de 23 años, acababa de salir de su último examen de la carrera de tecnología farmacéutica. Entre la música y los gritos de sus compañeros, pensó que alguien se iba a proponer matrimonio. En cambio, vio a su madre abriéndose paso entre la multitud, jalando al animal.

Entre los igbo del sureste de Nigeria, una cabra no es cualquier cosa. Es un símbolo de respeto y orgullo, reservado para bodas y ceremonias importantes. Chinyere se la había prometido si su hijo evitaba las malas juntas y terminaba sus estudios. Cumplió su palabra por 88 dólares.

Hoy la cabra vive con Promise, come arroz frito de sus sobras y hasta lo acompaña en paseos por el supermercado, donde ya la reconocen más a ella que a él.
