El ojo derecho de una mujer de 37 años estaba intensamente rojo y doloroso cuando llegó al hospital en Reino Unido. Durante el examen, los médicos descubrieron la causa: un gusano largo y delgado se movía bajo la conjuntiva, la membrana que recubre la parte blanca del ojo.

La paciente era francesa, de origen congoleño, y llevaba seis meses viviendo en Reino Unido. Además, era VIH positiva. Su visión, sin embargo, se mantenía normal y no presentaba inflamación dentro del ojo.
Los médicos realizaron una pequeña incisión de apenas 2 milímetros en la conjuntiva y lograron extraer el gusano vivo y completo con unas pinzas. Posteriormente fue identificado como una hembra adulta de Loa loa, un parásito conocido como el “gusano ocular africano”.

Pero la extracción del gusano que podían ver no significaba que la infección hubiera terminado. Los análisis de sangre realizados durante el día encontraron microfilarias de Loa loa: formas microscópicas del parásito que circulaban por su organismo. La carga era de 55 microfilarias por cada 20 mililitros de sangre.

La paciente recibió ivermectina inicialmente y, un mes después, 21 días de dietilcarbamazina para eliminar los parásitos restantes. Los médicos utilizaron corticoides durante el tratamiento para reducir el riesgo de una reacción inflamatoria provocada por la muerte de las microfilarias.
Más de un año después, la mujer no había vuelto a presentar síntomas y los análisis ya no detectaban microfilarias en su sangre. El caso fue publicado en BMJ Case Reports en 2011 y los autores destacaron que la infección debe considerarse cuando una persona procedente de una zona donde el parásito es endémico presenta síntomas oculares inusuales.
