Candelaria Rivas Ramos caminó 14 horas antes de correr.

No tenía zapatillas ni cronómetro ni un entrenador. Tenía su pollera de siempre, unas sandalias artesanales llamadas huaraches, y la costumbre de moverse por la montaña como quien respira. Salió de Choreachi junto a su esposo y llegó a Guachochi, México, agotada, solo para inscribirse en la Ultramaratón Canyons. Nunca había competido en una carrera así, pero su comunidad la animó a intentarlo.

Corrió 63 kilómetros. Cruzó la meta en 7 horas y 34 minutos, primera en la categoría femenina, cargando algo más que su cuerpo: la tradición rarámuri de correr largas distancias como forma de vida y, según explican los antropólogos, casi como una oración.
“Esta victoria es para mi familia”, dijo apenas terminó. No fue la primera de su pueblo en lograrlo — en 2017 otra mujer rarámuri ya había ganado un ultramaratón — pero cada vez que ocurre, el mundo vuelve a preguntarse cómo hacen.
