Turistas occidentales pagando miles de dólares por ver gorilas. Trabajadores ugandeses cargándolos en brazos para cruzar el barro.

La imagen se viralizó y de inmediato apareció la comparación más incómoda: formas modernas de servidumbre disfrazadas de ecoturismo. Pero la historia detrás no es tan simple. El turismo de gorilas en Uganda mueve dinero real hacia la conservación y genera empleo en comunidades que rodean los parques nacionales. El problema no es que exista el dinero — es a dónde va.
Investigaciones sobre estos programas han encontrado que las ganancias se reparten de forma desigual: mientras operadores y agencias internacionales se llevan la mayor parte, quienes cargan literalmente el peso del negocio reciben salarios mínimos. Quién trabaja, quién decide y quién se queda con las ganancias son las preguntas que la imagen no responde, pero que obliga a hacerse.
