

Nunca pudo dar el salto hasta la cama.
Su familia lo notó: cada noche la veía intentarlo y quedarse abajo, esperando que alguien la subiera. Así que decidieron resolverlo a su manera. Le armaron un sillón bajito, con cojines, su manta rosada y hasta su peluche, todo pensado para que ella pudiera llegar sola, sin ayuda y sin frustración.
Ahora tiene su propio espacio para dormir, jugar y descansar cuando quiera, sin depender de que alguien la alce. Un gesto simple, pero que le devolvió algo que no tenía: independencia dentro de su propia casa.
