Todos los días, sin falta, esta abuelita sale a caminar con su compañera de toda la vida.


Durante años recorrieron juntas las mismas calles, el mismo sol, el mismo aire. Pero las patitas de la perrita empezaron a fallarle con el paso del tiempo, y las piernas que antes corrían ahora apenas se sostenían en pie.
Entonces ella tomó unos tubos de PVC y armó, con sus propias manos, un pequeño andador azul. Ahora la saca a pasear dos veces al día, y la perrita camina con los ojos bien abiertos, jadeando de emoción, como si todavía sintiera el mismo viento de siempre en la cara. El cariño no se jubila con los años: aprende a inventar nuevas formas de seguir cuidando.
