Todo empezó con una bicicleta sola en medio de la calle, el tipo de escena que cualquier ladrón oportunista consideraría un regalo caído del cielo.

Un hombre se acercó, miró a los lados y decidió que esa bicicleta sería suya. La cámara que grabó todo capta el instante exacto en que se sienta para arrancar y pedalear lejos con el botín. Pero el asiento no aguantó ni un segundo: cedió de golpe, como si la propia bicicleta se defendiera de su dueño improvisado.

El hombre se levantó de un salto, con el rostro contraído por el dolor y la sorpresa mezclados en la misma mueca. Nadie sabe si la trampa fue armada a propósito por el verdadero propietario, cansado de los robos en su barrio, o si simplemente fue una casualidad con el peor timing posible para un ladrón. Lo que sí quedó claro es que, esta vez, el karma llegó sin avisar y en menos de tres segundos.
