

Simón no entiende de teología, pero entiende de amor.
En la parroquia Santo Domingo Savio, en el barrio Covisan de Villavicencio, este perrito se acercó justo cuando el sacerdote bendecía a una feligresa. Sin que nadie se lo enseñara, levantó su pata delantera y la estiró hacia el cura, como si también quisiera recibir esa bendición o, quién sabe, dársela él a ella.
El sacerdote no lo espantó. Al contrario, sostuvo esa patita con la misma calma con la que tocaba la cabeza de la mujer. Nadie sabe si Simón es de la iglesia o simplemente un vecino de cuatro patas que un día decidió quedarse. Lo que quedó grabado es esa mezcla rara de fe y ternura que no necesita explicación para conmover.
