Kelly Osbourne tiene 40 años y ya perdió la cuenta de cuántas veces le hablaron de su cuerpo antes que de cualquier otra cosa.

En una cumbre de salud en Los Ángeles lo dijo sin filtro: fue drogadicta, alcohólica, un “desastre total”, y aun así nada la marcó tanto como los comentarios sobre su peso. “Vivimos en un mundo gordofóbico”, dijo frente a los asistentes. Contó que la gente le decía “eres tan guapa, ¿por qué no bajas un poco y serás perfecta?”, como si su cuerpo necesitara disculpas.

Lo que más golpea es lo que vino después: la cirugía de manga gástrica la ayudó, pero no fue magia. Le tomó un año de terapia antes de operarse, y meses de encontrar paz mental antes de ver resultados reales. “Hay que cambiar la mentalidad primero”, explicó. Hoy, tras la muerte de su padre Ozzy, atraviesa otro capítulo silencioso: la preocupación ya no es por los kilos de más, sino por los que perdió sin querer.
