S. Petchiammal tenía 20 años cuando su marido murió. Quince días después de la boda. Y ella estaba embarazada.
Sola, en un pueblo del sur de la India donde una mujer sin hombre era presa fácil.

Trabajó en obras, hoteles y puestos de té. Y donde fue, sufrió acoso y humillaciones.
Entonces tomó una decisión que nadie en ese pueblo habría imaginado.
Tomó el primer autobús a Tiruchendur, se rapó la cabeza, cambió su sari por un dhoti y asumió la identidad de un hombre: Muthu.
Con el tiempo, Muthu se convirtió en su identidad oficial: figuraba en su documento de identidad, su credencial de elector y su cuenta bancaria.
Trabajó de pintora, de maestra de té, de cocinera de parotta. Guardó cada peso para darle a su hija una vida segura.

Treinta y seis años. Sin que nadie lo supiera.
Su hija Shanmugasundari vivió más de diez años sin saber quién era realmente. Cuando supo la verdad, dijo: “La entendí, porque así nos mantuvo a salvo a las dos.”
Petchiammal ha dicho que quiere seguir viviendo como Muthu hasta el final de sus días.
No para esconderse. Sino porque ese nombre cargó todo lo que ella fue capaz de dar.
