Los recibimientos, como los abrazos, no se compran: se merecen.
Cuando el avión tocó la pista, los Tiburones Azules no encontraron un aeropuerto. Encontraron un país entero colgado de las rejas, trepado a los muros, agitando banderas bajo el sol.

Y encontraron algo más. Al pie de la escalerilla, un trabajador de la pista se arrodilló y levantó los brazos al cielo. Un hombre de chaleco amarillo, en medio del cemento, haciendo la reverencia que se les hace a los que vuelven de una guerra ganada.
Porque eso fueron. No trajeron trofeos: trajeron algo más raro. La certeza de que diez islas diminutas pueden mirar de frente a cualquier gigante.
El fútbol dirá que quedaron eliminados. La pista de ese aeropuerto dice otra cosa: que hay derrotas que vuelven a casa en andas.
Bienvenidos, muchachos. El mar aplaude.
