Kirsty Griffiths no lo dudó. 🖤

Estaba de vacaciones con sus cinco hijos en un hotel de cuatro estrellas en Marmaris, Turquía, y decidió cubrir un viejo tatuaje del tobillo con uno nuevo, en un salón instalado dentro del mismo hotel. La sesión duró dos horas, fue tan dolorosa que vomitó y casi se desmaya. Ella lo atribuyó al azúcar bajo.

Días después, el tatuaje se veía como una costra negra que picaba y dolía sin parar. Ya en el Reino Unido, terminó hospitalizada, y dos cirujanos distintos la revisaron. Uno le dio la noticia que nadie quiere escuchar: si la infección no respondía a los antibióticos, tendrían que amputarle el pie. 😳

Los antibióticos funcionaron a tiempo. Pero cuando volvió a contactar al salón de tatuajes, según cuenta Kirsty, nadie quiso hacerse responsable de lo que pasó en esas dos horas.

