Watson llegó al refugio con el cuerpo cubierto de llagas y un tumor que ya no tenía remedio. Un estudiante lo había encontrado solo en un parque de Filadelfia, y para cuando Janine Guido, fundadora de Speranza Animal Rescue en Pensilvania, lo vio por primera vez, supo que le quedaba poco tiempo.
Esa noche no lo dejó en una jaula. Armó una cama con edredones y almohadas en el lavadero del refugio, se acostó junto a él y lo abrazó mientras le hablaba bajito. Watson se acurrucó contra ella y durmió profundo, tal vez por primera vez en mucho tiempo sin miedo a nada.


Al día siguiente ya no comía ni bebía. Dio un par de vueltas en círculos y se fue. Janine dijo después que le rompió el corazón, pero que jamás cambiaría esa noche por nada: le alcanzó para decirle, aunque fuera una sola vez, que alguien lo amaba.
