Natalia Apaseray tenía 26 años y pasaba los días escondiendo la cara.

Nació en Jayapura, Indonesia, con neurofibromatosis, un trastorno genético que le hizo crecer tumores en el lado derecho del rostro. En Papúa Occidental no encontró la atención médica que necesitaba, y los niños del lugar la señalaban y la demonizaban. Un misionero médico la encontró dentro de un contenedor de basura mientras unos chicos le tiraban piedras.

Desde esa foto empezó una cadena de desconocidos. Peter Gray, del Club Rotario de Phnom Penh, no pudo quedarse quieto: «Nadie merece vivir así». Tres clubes rotarios reunieron 27.000 dólares y la llevaron a Sídney. Allí, los cirujanos Michael Kernohan y Bruce French convencieron al hospital de Liverpool de recibirla como paciente humanitaria. Un equipo de especialistas la operó sin cobrarle, con una cirugía de siete horas en la que reconstruyeron su nariz, su boca y su párpado.

«Ya no siento la necesidad de esconder mi rostro», dijo Natalia. Antes de volver a casa, entre una y otra consulta, tuvo tiempo de conocer la playa y las Montañas Azules.

