Yayoi Kusama veía lunares antes de saber qué eran.
Tenía diez años cuando empezaron las alucinaciones: manchas que cubrían paredes, mesas, el cuerpo de su madre.


En lugar de esconderse de ellas, empezó a pintarlas. Esa mujer, la misma que la golpeaba y la obligaba a espiar a su padre infiel, destruía después sus cuadros. Kusama seguía pintando lunares.

En 1990 se internó por voluntad propia en un hospital psiquiátrico de Tokio, donde vivió el resto de su vida, cruzando la calle cada mañana hacia un estudio donde seguía trabajando.

Ahí nacieron sus calabazas gigantes y sus salas de espejos infinitos, que millones de personas hicieron fila para ver sin saber que estaban entrando en la mente de una mujer que llevaba noventa años tratando de darle forma a su propio horror.

Murió el 14 de agosto de 2026 en un hospital de Tokio, a los 97 años. Su fundación confirmó la noticia trece días después. Nunca reveló la causa. Pintó, según ellos, hasta el final.
