Yayoi Kusama pasó tres días sin comer en Nueva York y sobrevivió gracias a las migas que dejaban las palomas

Por Carlos Valencia
27 August, 2026

Yayoi Kusama tenía apenas treinta años cuando el hambre se volvió literal.

Había llegado a Nueva York sola, sin dinero y sin el idioma, decidida a escapar de un Japón que —según sus propias palabras— estaba “lleno de desprecio hacia las mujeres”. La ciudad que soñaba conquistar no le regaló nada al principio: pasó tres días sin probar bocado. Contó después, ya consagrada, que llegó a comer las migas que las palomas dejaban caer en la vereda, porque no le alcanzaba ni para eso.

Nadie hubiera imaginado, viéndola arrodillada juntando restos en una plaza, que décadas más tarde sus calabazas de lunares llenarían museos en todo el mundo y que una sola de sus pinturas se vendería por casi 8 millones de dólares. Kusama murió a los 97 años en Tokio, pero esa hambre de juventud nunca desapareció de su historia: fue el precio silencioso de una obsesión que después el mundo entero aprendió a admirar.

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