Todo empezó en 2020, cuando cinco loros grises africanos llegaron donados al Lincolnshire Wildlife Park, en Friskney, Inglaterra. Billy, Eric, Tyson, Jade y Elsie pasaron su cuarentena juntos, y ahí fue donde aprendieron el arte de la mala palabra.
El problema llegó cuando los soltaron con el resto de la colonia: unos 200 loros que jamás habían escuchado una grosería en su vida. Bastaron unos días para que los cinco empezaran a repetir insultos frente a las familias que visitaban el parque, felices de la vida, mientras se reían entre ellos cada vez que alguien se sorprendía. El zoológico tuvo que actuar rápido antes de que la mala influencia se propagara como chisme de barrio.

Steve Nichols, director del parque, explicó que los loros repiten lo que genera reacción, y que ningún visitante se quejó realmente: la mayoría terminaba muerto de risa. Los separaron en distintas zonas para frenar el contagio, y en 2026 Snopes confirmó que los cinco siguen vivos, ya reintegrados a la bandada principal. Ahora dicen palabrotas de vez en cuando, como quien recae en un vicio que nunca terminó de superar.
