Colaboración por Noemí Carnicero Sans
Escritora freelance en Yaestáescrito.com , psicóloga y comunicadora 2.0. Una motivada por la vida con el corazón en las nubes y con los pies en cualquier lugar del mundo. La subasta de mi vida

Es desgarrador.

Abrir los ojos y que esta pesadilla siga adueñándose de mis sueños. De los mismos en los que ayer te acomodabas cada vez que imaginaba un futuro a tu lado. Cada vez que te escogía como mi compañero de viaje.

Y hoy, sí: quiero volver a comerme el mundo.
Tan sólo porque tú has dejado de ser el mío.

Sin embargo, el que quería recorrer ayer, era el que nos separaba. Aunque ese mundo se redujera tan sólo a unos pocos centímetros, aunque ese mismo mundo se encontrara bajo el techo de la misma casa.

Porque, cariño, el mejor viaje de mi vida, era recorrerte a ti.

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Preparando el equipaje a base de besos, sonrisas y ganas de verte, para coger un vuelo entre mis brazos y los tuyos y terminar viajando alrededor de tus defectos y de tus virtudes. Esa, mi amor, hubiera sido la gran aventura de mi vida.

Porque el mejor mapa, estaba en tu cuerpo.

Y la mejor forma de encontrarte, perdiendo la orientación.

Porque hubo un día en que perdía los cinco sentidos al dejarlos sobre ti. Porque quedarme en tus manos era el mejor plan, a veces urgente, pero siempre importante. Y es que la mejor de mis brújulas, eras tú. Porque contigo, hubo un tiempo, en que conseguía encontrarme a mí: la versión definitiva, aquello que hubiera querido ser.

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Porque al final, el querernos, dependía de lo que fuéramos. Y lo que fuimos, como hoy alguien bien dijo, fue todo lo que pudimos ser.

Por eso, me cuestas.

Porque tu recuerdo se atraganta en mi memoria cada vez que acepto, resignadamente, que no pudimos hacer más. Cada vez que recuerdo cuánto hubiera dado ayer por estar hoy contigo.

Por seguir levantándome a tu lado, por subirme en la rutina en la que solían viajar los primeros segundos de cada nuevo día en los que nos veíamos despertar. Por buscar tus pies bajo las sábanas, por posponer la alarma cinco minutos más y así seguir acurrucada cerca de ti, junto al calor de tu cuerpo y soñando al compás de tu respiración.

Cuánto hubiera dado ayer por llegar hasta el día de hoy. Por hacerlo con una sonrisa transparente, sin disimular ni una sola lágrima, sin cubrir con una falsa alegría cualquier tristeza anterior. Cuánto hubiera dado ayer por despertarte hoy con un beso, mirarte a los ojos y destilando felicidad, decirte…

… felicidades.