Por Valentinne Rudolphy
21 May, 2015

Me encanta mi familia, y ella es una parte importante para mí.

Cuando yo nací, mi tía tenía 15 años. Es muy cercana a la edad que yo tenía cuando nació su hija, mi prima pequeña. Así que me puedo imaginar un poco cómo fue su reacción y emociones. Casi, solo un poco.

Desde que era pequeña (en especial entonces) me acuerdo que para mí mi tía era genial. Me parecía muy grande, muy adulta, que tenía mucho estilo y me gustaba estar con ella. Y con razón, porque no me daba cuenta de que era 10 años menor que yo ahora. De que era una adolescente noventera con jeans arriba del ombligo y poleras cortas.

Mientras fui creciendo, a veces heredaba alguna de sus ropas – y me parecía de lo más. También, por lo obvio de su edad, me encantaba pasar tiempo con ella en su habitación: estaba llena de peluches, y de esquelas y cosas hermosas que había coleccionado. Y ella era una niña aún. Y me cuidaba, jugaba conmigo y me encantaba.

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De manera extraña pero admirable, mientras yo iba pasando a la etapa que ella dejaba, ella se transformaba en adulta. Emprendía una vida junto al hombre que amaba, comenzaba a forjar una vida con trabajo y, luego y ahora, se centra en sus hijos.

Es muy extraño cuando me pongo a pensar en ello, en lo joven que ella era, y que a mí me parecía tan adulta y por eso encontraba que era la adulta más entretenida y que mejor se vestía de las que conocía. Mi relación con sus hijos, mis pequeños primos, creo que ha sido similar. Pero yo no soy el primer bebé de la familia, ni vivimos al lado, ni tengo el estilo que tenía ella. Pero hago lo que puedo, me ha dejado un gran ejemplo, y espero poder responder a todo lo bueno que me ha mostrado de la vida.