Por Candela Duato
30 noviembre, 2014

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Las relaciones íntimas, espontáneas y auténticas son riesgosas. Lo suficientemente riesgosas como para que muchas personas huyan de ellas en lo que llamamos irrelaciones. Esto se da cuando cuidar y ser cuidado se confunde con amor.

Una irrelación puede parecer íntima, pero en realidad está cuidadosamente construida -normalmente sin que los participantes se den cuenta- para evitar lo abierta, espontánea y recíproca que es la intimidad real. Una persona que vive esta situación cree que el hecho de que te traten bien es suficiente para estar en una relación.

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Las irrelaciones son un sistema psicológico de defensa. Un escudo activo contra la ansiedad que viene con el permitirle a alguien que se vuelva importante en la vida de otro.

Es una forma para que las personas puedan estar solas en compañía, para ocultarse a sí mismos cuando el revelar sus almas se siente como algo muy peligroso. En resumen, es una forma de esconderse del amor y de todas las amenazas que vienen con la intimidad, vulnerabilidad y la exposición.

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Las irrelaciones protegen a las personas de la terrible tarea de relacionarse de verdad, ya que un compromiso profundo y significativo con otra persona siempre es algo impredecible, por lo que el amor no es siempre seguro. Las irrelaciones nos protegen de estos peligros.

Una parte da; la otra toma. Uno actúa; el otro aplaude. Uno salva; el otro es rescatado. Uno dicta; el otro cumple. Y viceversa.

El amor, el cual nunca sigue un guión, no puede crecer bajo tales condiciones.

 Visto en Psychology Today.

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