Por Maximiliano Díaz
20 July, 2018

Nueva Zelanda es uno de los países que más leche produce: ganan más de 20 mil millones de dólares cada año, pero reinvierten un 0.03% en cuidar a sus vacas.

En más de una ocasión, compañías y sujetos animalistas han puesto el ojo sobre Nueva Zelanda: un país que tiene una de las industrias lecheras más grandes del mundo. Según la creencia popular, extraer leche o huevos jamás dañaría tanto a los animales como la descarnada industria de la carne. En un razonamiento básico, parecería que tienen razón. En la industria de la carne los animales son asesinados bajo condiciones que ni siquiera propician el consumo: se enferman, estresan, se comen y matan entre ellos, y ha sucedido en incontables ocasiones que, en su decisión por trasladarlos vivos, terminan muriendo asfixiados entre sus orinas y sus heces.

La leche, desde ese punto de vista, parece ser un lugar un poco más amable. La extracción nos parece algo más ético que el asesinato: “solo aprovechamos sus recursos”, pensarán algunos. Sin embargo, en algunas ocasiones, el tratamiento que ambos reciben es igual, y muchas veces, termina siendo mucho peor en las grandes lecherías a lo largo del mundo.

Esta vez, Nueva Zelanda vuelve a estar en el centro de la discusión. Pero, desgraciadamente, ya no son solo las condiciones estructurales (como el espacio y el tipo de transporte destinado a los animales) lo que sacude a la industria. Ahora, es el trato que los mismos funcionarios de la lechería dan a las vacas: golpes, gritos, extracciones de leche a deshoras y de una manera violenta.

Farmwatch

La brusquedad es un tema común en las lecherías neozelandesas, y parece estar concentrándose en Northland, una de las 16 regiones en las que se divide el país. Y, a pesar de haber algunas legislaciones (aún muy en ciernes, por cierto) para mejorar la calidad de vida de los animales, parece ser que las lecherías son parte de aquellos negocios que no están dispuestos a cambiar a menos que llegue la autoridad a tocarles la puerta y comenzar a apretarlos.

Hace más o menos dos semanas, un miembro del Parlamento del Partido Verde de Aotearoa Nueva Zelanda, conversó con Debra Ashton, la Oficial Ejecutiva de SAFE, una asociación dedicada a potenciar las prácticas respetuosas en la industria del consumo animal. Ella comentó sobre lo que pasó cuando metieron una cámara en una lechería.

Green Party of Aotearoa New Zealand

Ashton asegura que en más de una ocasión recibió testimonios de trabajadores de las lecherías. Ellos la advertían sobre el maltrato que las vacas recibían ahí. Sin embargo, en el momento en el que ella intentó denunciarlo al Ministerio de Industrias Primarias, pero le cerraron las puertas de inmediato. “Sin evidencia, no hay acción”, le dijeron.

Entonces, los trabajadores y la asociación Farmwatch (una que tiene el mismo objetivo que SAFE) se pusieron de acuerdo para meter cámaras en los criaderos de vacas. La asociación proporcionaría las herramientas, y los trabajadores de la lechería se empeñarían en ponerlas dentro de los enormes galpones donde las vacas eran presuntamente explotadas y golpeadas.

Farmwatch

“Cuando Farmwatch nos trajo los vídeos nos horrorizamos”, es lo primero que asegura Ashton. Y no es para menos. En el primero de los breves compilados, se puede ver a un hombre que golpea a una vaca con una vara de hierro llena de sangre salpicada porque la vaca no está donde él desea. Los animales no entienden lenguaje, lo sabemos, pero el ganado no debe dirigirse con golpes descarnados que, más encima, pueden dañar gravemente al animal. Sus “cuidadores” ni siquiera estaban pensando en el bien monetario de la industria para la que trabajan. Después de los varillazos en la cabeza, las vacas se mueven para no ser golpeadas.

Cuando Gareth Hughes, el miembro del Parlamento del Partido Verde, le preguntó a Ashton si ella creía que deberían trabajar con cámaras, ella le respondió que sí. La única solución parece ser un monitoreo permanente en todos los galpones y mataderos. Para la Oficial Ejecutiva, esto ha pasado a convertirse en un asunto de Estado, y ya no requiere más la intervención de los grupos animalistas. Y no porque no ayuden, sino porque delegar esta responsabilidad, sería algo terriblemente irresponsable de parte del Ministerio de Industrias Primarias, desde donde aseguran, tienen sistemas de trabajo limpios y efectivos. Cosa que Ashton refuta con energía: “No, no los tenemos”. 

Green Party of Aotearoa New Zealand

El valor de los varillazos

Hughes pasó a preguntarle a Ashton por las ganancias que estaría generando la industria de la leche, y cuánto de esto se destina para dar una vida digna a los animales que proveen esas ganancias. Una especie de efecto retroactivo para mejorar las condiciones en las que este dinero entra al país. Según Ashton, cada año entran a Nueva Zelanda 25 mil millones de dólares, y ellos solo reinvierten el 0.03% en mejorar las condiciones de vida de los animales. 

Farmwatch

Lo curioso de esto es que Ashton piensa que, en general los neozelandeses aman a sus animales, y que una vez que se comenzó a concientizar sobre la calidad de vida de las vacas dentro de las lecherías, las personas se sintieron auténticamente conmocionadas y furiosas. Sin embargo, ella asegura que si los altos mandos en las categorías legislativas del país no hacen algo, la indignación solo seguirá generando ruido blanco. 

Para Ashton, la única posible solución para el maltrato de las vacas en las lecherías, y una vida más digna para los animales en general que componen la industria, apremia terriblemente la necesidad de un Ministerio para el Cuidado Animal. Llama a las autoridades a crearlo.

Farmwatch

Mientras, ella asegura que continuarán con la ardua labor de la dignidad en la vida de la materia prima del consumo humano.

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