Buena Ventura y su familia dejaron Guatemala por las amenazas de muerte. Pidieron asilo en Estados Unidos, pero detuvieron a su esposo y a su hija Janne. No se vieron por 61 días.

Buena Ventura Martin-Godinez tiene 29 años. Es de Guatemala y, en algún momento de su vida, decidió que no se movería de allí. Es enfermera y está casada. Su esposo, Pedro Godinez Aguilar había comenzado con un pequeño negocio hacía poco, y no les iba nada de mal. Podían mantener con perfecta calma a sus dos hijos.

(Martin-Godinez, al centro, junto a Pedrito y Jane Foto: AP)

Cuando las pandillas comenzaron a pedirle dinero, las amenazas eran suficiente para sacar algunos quetzales. Martin-Godinez cuenta que nada más llegaron un día al negocio y comenzaron a exigir una paga por protección. Si no estaban dispuestos a dársela, los mismos que ofrecían el servicio se encargarían de hacerles daño: “Esas personas nos amenazaban diciendo que si no les pagábamos, nos asesinarían a nosotros o a nuestros hijos”, cuenta la enfermera.

Buena Ventura y Pedro llegaron a una conclusión: había que huir de Guatemala. Su vida estaba allá, pero el peligro respiraba muy de cerca. Acordaron que la primera en cruzar la frontera sería ella. Se llevaría entre los brazos a Pedrito, su hijo de 10 meses. El primero de mayo sería el turno del padre de familia. Se iría con su hija de 7 años apenas finalizara su año escolar.

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Avanzaron según lo pactado. Buena Ventura tomó un bus que la llevó hasta la frontera de Guatemala con México. Llevaba a Pedrito entre sus brazos. En las puertas de otra nación pidió asilo. Ella y su hijo fueron tomados detenidos durante una semana antes de ser liberados, pero qué importaba. Estaban a salvo. Cuando por fin los soltaron, Buena Ventura cruzó a los Estados Unidos por la frontera de San Diego y viajó de Arizona hasta Miami. Después de recorrer 3.700 kilómetros de cara al desierto, se encontró con su cuñado, quien le dio instrucciones para enlistarse en inmigración e intentar generar una situación regular para poder quedarse en los Estados. Todo salía de acuerdo al plan.

Pero en la hostil Guatemala, las cosas no iban al ritmo de la pequeña familia. Cuando Martin-Godinez llegó al centro neurálgico de Norteamérica, las amenazas contra Pedro se pusieron mucho más serias. Por miedo, él decidió tomar a su hija y escaparse de Huehuetenango antes de lo pactado. Ni siquiera le avisó a su esposa que estaba dejando el lugar antes de tiempo. No quería preocuparla. Ya se le ocurriría un plan en el camino. “Solo llamé y me dijeron que había venido. Eso es todo lo que sé”, asegura hoy Martin-Godinez para CNN.

El destino de Pedro y Janne

Martin-Godinez había encontrado asilo el 1 de mayo. Desde entonces, se estaba quedando con unos familiares en Miami. Janne Idali Godinez Martin, la hija mayor de la familia, cruzó la misma frontera con su padre el 8 de mayo. La desesperación de las amenazas los había sacado precipitadamente de Guatemala, y ninguno de los dos había oído la noticia: el Fiscal General Jeff Sessions había anunciado el día anterior, que todos los adultos sorprendidos cruzando la frontera de manera ilegal, serían enjuiciados por crimen federal. Una política de tolerancia cero impulsada por el gobierno de Donald Trump, que terminó separando a miles de familias en el límite fronterizo. 

Las fuerzas policiales tomaron a Pedro y lo llevaron hasta Atlanta, Janne se quedó en una cárcel de menores en Michigan. Padre e hija estaban a casi 1.200 kilómetros de distancia.

(Así lucen los centros de detención infantil para niños inmigrantes en Estados Unidos. Foto: AP)

“Me preguntaba por qué estaba ahí, por qué la habían alejado”

Durante su tiempo detenida, Janne enfermó. Fue entonces cuando hizo la primera llamada a su madre, quien estaba a 1.500 kilómetros. Cuando Martin-Godinez levantó el teléfono, la angustia fue inmediata. Según la joven enfermera, su hija también sentía miedo de estar sola y lejos de las personas a las que amaba: “Me preguntaba por qué estaba ahí, por qué la habían alejado. Por qué no podía ver a su madre, su padre y su hermano”. Para empeorarlo todo, Martin-Godinez no tenía idea de cómo llegar allá sin ayuda. Jamás había estado en Michigan, y llevaba apenas algunos días en Miami. Sin embargo, a pesar de no manejar un mapa mental, algo le decía que ambas estaban muy lejos. 

Entonces, llegaron las actualizaciones de la enfermedad. “Mi hija me llamaba”, asegura Martin-Godinez para CNN, “durante días, me dijo que tenía mucha fiebre, y un profundo dolor en los dientes”. A pesar de ser enfermera, sus conocimientos no podían tocar a su hija estando ambas tan lejos.

Uno de los problemas más grandes que enfrentaba Janne era el idioma. Ella no habla inglés, y en cada llamada le comentaba a su madre que allí todos hablaban inglés. Nadie podía comprender su malestar ni ayudarla a aliviarse. La barrera del lenguaje era demasiado grande. Angustiada, Martin-Godinez intentó contactarse con guardias, gendarmes y directivos del centro de detención. “Le dejé mensajes a la trabajadora social porque ella habla español”, asegura, “le comenté que mi hija estaba enferma. Le rogué que la vieran, pero no me pusieron atención”. 

Finalmente, las sospechas de la madre se confirmaron, la pequeña Janne tenía un molar infectado. 

A partir de entonces, dos largos meses de llamados poco constantes, una preocupante incomunicación, y una imposibilidad de comunicarse con asistentes sociales, directivos de detención, y ver las noticias sobre las decisiones del Gobierno sobre estas familias, se les vinieron encima.

El reencuentro

Pero después de tanta presión social y mediática, el Gobierno de Trump decidió anunciar que las familias, por fin, lograrían reunirse. A pesar de que no hay un plan de acción demasiado metodológico, y muchos analistas creen que esta propuesta podría no resultar, Janne y su madre fueron las primeras en encontrarse después de tomada la decisión. 

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El domingo pasado una cámara las captó. En la imagen, ellas están abrazadas. La madre baja la cabeza mientras le acaricia el cabello a la niña. Busca sus ojos. La pequeña solo puede llorar y mirar hacia el piso. De a poco, Janne logra calmarse. Los reporteros están sobre la madre y la hija. Después de oírla muy despacio, Martin-Godinez asegura que su hija solo está pidiendo que no las vuelvan a separar. Luego, envía un mensaje para todas las personas que buscan el sueño americano: “Las leyes aquí son severas. Y la gente no tiene corazón. Las personas sueñan con llegar aquí a salvar sus vidas, pero no quiero que pasen por todo lo que yo he pasado”.

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Un problema pendiente

A pesar de que parece ser que el calvario terminó tanto para Martin-Godinez como para la pequeña Janne, Pedro aún sigue preso en Atlanta. Una situación aún más ruda, ya que las legislaciones actuales de inmigración juzgan mucho más severamente a los adultos que cruzan la frontera. Con los niños, al menos, existe la premisa de una “protección” (incumplida, pero al menos estipulada en el papel), con los adultos, en cambio, vienen otras cosas. En el caso de Pedro, el Gobierno asegura que lo deportará a Guatemala. Ahora deberá enfrentarse al lugar al que esperaba no volver jamás.

The Guardian

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