Por Maximiliano Díaz
17 July, 2018

“Tenías que limpiar el baño. Había que sacar la bolsa llena de papeles usados”, cuenta Diego, un chico de 10 años que vivió 40 días en un centro.

Las reglas son severas y los cuidadores estrictos: no te sientes en el piso, no compartas tu comida, no uses apodos. No llores. Las luces se apagan a las 9 de la noche. El amanecer las traerá de nuevo. Cuando te levantes, haz tu cama según las instrucciones que están pegadas en la pared. Limpia y trapea el piso del baño, desinfecta inodoros. Desayuna en silencio.

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La severidad militar es pan de cada día para los pequeños que fueron separados de sus padres en la frontera de los Estados Unidos, y puestos en centros de detención a cientos de kilómetros de las cárceles donde están sus padres. Cada centro tiene su propio sistema. Pero en todos, los niños aportan con su fuerza de trabajo.

Leticia fue separada de su madre cuando cruzaron la frontera en mayo pasado. Ella y su familia venían de Guatemala. La enviaron a un refugio en Texas. Allá, se supone, recibiría disciplina y educación escolar. El centro es una mole de concreto y hierro con baja seguridad. Está lleno de pequeños como Leticia, que tiene 12 años, y su hermano Walter, que tiene 10. Leticia asegura que “Hay que hacer fila para todo”, mientras habla, se quita el pelo de la cara. Es negro, brillante y larguísimo. Luego, continúa contando que quería abrazar a su hermano para consolarlo cuando llegaron al centro, pero “dijeron que no podía tocarlo”.

Esa es, efectivamente, una de las reglas más estrictas del recinto: no tocar a ningún otro niño o niña. No importa si son hermanos.

Un panorama difícil de apalear

Después de tanta protesta, y estar en medio de las críticas internacionales por su polémica decisión de enjuiciar a los inmigrantes ilegales bajo el cargo de un delito federal, y separar a más de 2.800 menores de sus familias, la administración de Trump decidió dar una media vuelta a su medida, y aseguró que volvería a poner a los menores junto a sus padres. El reencuentro se hizo realidad para unos pocos (cerca de 50 niños menores de 5 años fueron devueltos a los brazos de sus madres y padres), pero los otros casi 3.000 siguen ahí, en los centros, esperando que una nueva normativa los ampare de manera más justa. Por otro lado, muchos de ellos están clasificados como “menores no acompañados”: según el Estado, no tienen un lugar a dónde volver.

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Luego, extrañamente, viene el factor suerte. No todos los centros están acondicionados de la misma manera: esto se traduce en condiciones de vida distintas para todos los menores que llegan a vivir ahí. Hay algunos refugios de trece hectáreas en Nueva York, donde los pequeños comen al aire libre, juegan baloncesto en los patios y pueden pasar las tardes en una piscina. Según Elior L. Engel, un representante demócrata, la experiencia está pensada para ser lo menos traumática posible. Una especie de campamento de verano.

Sin embargo, por supuesto que los hay distintos: el mismo niño, dependiendo del humor de la tómbola, puede terminar en un motel adaptado para recibir menores. Imagínate a un pequeño que llega a vivir a un viejo motel de Arizona. En la misma calle, él solo conocerá las tiendas de descuentos, las gasolineras y los otros hoteles baratos. Una especie de Florida Project, pero hecho bastante lejos de ahí, y probablemente en un ambiente mucho más hostil. Allá los muchachos vivirán sin áreas verdes ni aros de baloncesto. La piscina del hotel está tapada por el reglamento.

Pero a pesar del pasto, el agua estancada de las viejas piscinas, la supervisión adulta y el sonido de las pelotas de básquet sobre el pavimento, estos centros tienen algunas cosas en común: reglas. Muchas. Y, por supuesto, un sentimiento colectivo de desamparo. Las áreas verdes no solucionan nada cuando se está en un país extraño, y no se sabe si tus padres han sido o no deportados. Donde, en ocasiones, ni siquiera se sabe si volverás a verlos.

Adán tiene 3 años, fue uno de los afortunados que pudo reunirse con su madre (Foto: The New York Times)

Desde el sur de Texas, Leticia escribió algunas cartas para su madre. Con una manuscrita temblorosa, guardó cada carta en una pequeña carpeta. Ella sabe que tienen un destino: ser entregadas cuando ella y su madre vuelvan a encontrarse. Eso aún no ha pasado, pero ella no desiste. Las cartas prácticamente se escriben solas, y la carpeta solo engorda.

No llorar es una regla de oro

Diego Magalhães tiene 10 años. Cruzó la frontera tomado de la mano de Sirley Paixao, su madre. Como a muchos otros, también los descubrieron. Era finales de mayo. La policía fronteriza resolvió separarlos. La despedida era demasiado para un niño tan pequeño, pero le prometió a su madre que no lloraría. Eso, asegura, lo hizo sentir orgulloso. Lo hicieron dormir en el piso, y al día siguiente lo subieron a un avión. Él pensaba que lo llevarían a reencontrarse con su madre, pero estaba equivocado. El avión aterrizó en Chicago. Los siguientes 47 días de su vida se desarrollaron ahí.

La burocracia no distingue edades: nombre, nacionalidad, color de ojos, de cabello. Altura, peso, ¿alguna enfermedad particular? Condiciones psicológicas o psiquiátricas. ¿Cuándo llegó al país? Le pasaron a Diego ropa limpia. Él dice que parecía un uniforme. Habían camisetas, dos pares de shorts, una sudadera, ropa interior, cepillo de dientes y unos sobre con champú. Le asignaron un cuarto.

Cuando Diego llegó, se encontró con otros dos chicos sentados en sus camas: uno que se llamaba igual a él, de 9 años; y Leonardo, de 10. Los tres eran brasileños.

Formaron una especie de comunidad (¿quién no lo haría estando tan lejos?) y se convirtieron en el soporte del otro. Iban a clases juntos, rompieron con la tradición del básquet jugando fútbol en su tiempo libre, y los niños pequeños les comenzaron a llamar “hermanos mayores”. Los directores del centro les dieron el enorme privilegio de jugar vídeojuegos. Eran justo el ejemplo que buscaban para el centro.

Casa Padre es uno de los recintos más reconocidos por albergar a más de 1.500 niños (Foto: Kveo)

Pero, por supuesto, los tres chicos no escapaban de las responsabilidades. El Diego mayor cuenta que todos se repartían las tareas desagradables: “Tenías que limpiar el baño. Yo tallaba el baño. Había que sacar la bolsa llena de papeles usados. Todos teníamos que hacerlo”.

Diego mantuvo la promesa a su madre: no lloró. Se armó de paciencia, y sus dos amigos significaron un gran apoyo para él. Además, asegura, el miedo le enseñó a comportarse. Él veía lo que pasaba con los chicos que se portaban mal en el centro. Diego recuerda, en particular, a Adonias, un pequeño guatemalteco que tenía arranques de ira y lanzaba cosas cuando estaba enojado. La solución para sus cuidadores, era simple. Diego cuenta que: “Le ponían inyecciones porque estaba muy agitado. Destruía cosas”. Había alguien en el centro a quien llamaban “el doctor”. Sin embargo, nadie sabía nada de él. Diego termina relatando que cuando el hombre le ponía las inyecciones a Adonias, él se quedaba dormido.

La semana pasada, un juez federal ordenó que el muchacho brasileño se reuniera con su familia. Antes de irse, agradeció a sus dos amigos, especialmente a Leonardo. Ambos se dijeron adiós y se desearon buena suerte. “Ten una buena vida”. Por las reglas del centro, no pudieron tocarse. No hubo un abrazo final. Se separaron, probablemente para siempre. Es extraño pensar en la posibilidad de estar completamente incomunicados de alguien más en esta época. Especies de barcos que abandonan un puerto y es probable que nadie vuelva a saber de ellos.

Las fuerzas para escalar el muro llegan solas

Yoselyn Bulux tiene 15 años. Es una muchacha pequeña y delgada que llegó sin papeles desde Tonicapán, en Guatemala. Según ella, no recuerda de dónde sacó las fuerzas para saltar el muro de la frontera. Cuando la descubrieron, tuvo que pasar dos días enteros en un centro de detención gélido. Las personas que han pasado por ahí, lo conocen como “la nevera”. Una de las pruebas más difíciles en el silencioso conocimiento colectivo de la migración. Cuando la sacaron, la metieron a un autobús y la llevaron hasta un centro de detención en algún lugar de Texas. Su madre se quedó en Arizona.

La residencia a la que llegó Yoselyn tenía un aire acondicionado que enfriaba bastante el lugar, pero no era, ni por lejos, algo parecido a la nevera, que la había dejado resfriada. En el nuevo centro habían una larga fila de ventanas que descansaban en orden y entregaban mucha luz durante el día. Detrás del recinto, un enorme pastizal llegaba hasta la carretera.

Yoselyn cuenta que habían cerca de 300 chicas, muchas de ellas estaban embarazadas. A todas les daban lo mismo: ropa y un trozo de papel con un número. Como en todos lados, habían reglas. Según cuenta la adolescente, si alguien hacía algo malo, sería reportado. Eso significaba quedarse más tiempo en el centro. Según ella, no era tan difícil seguir las reglas, el día tenía una estructura y eso alejaba a las chicas de esa neurosis que produce el tiempo libre en un lugar desconocido. A lo largo de su estadía, ella y las otras chicas tuvieron clases de matemática y lenguaje, aprendió algunas frases básicas del inglés. Además, tuvo educación cívica. Entre sus materias, debió aprender sobre los presidentes de los Estados Unidos. Recuerda que nombrasen a Trump entre ellos.

Yoselyn, de 15 años, fue separada de su madre en la frontera (Foto: The New York Times)

Una hora cada día, las chicas debían salir a ejercitarse. El caliente aire de Texas las ahogaba y las cansaba el doble. Cuenta que no era raro ver que, en medio de un entrenamiento, una muchacha intentase escapar. Es extraño, recapitula, que todas hayan podido escalar el muro de la frontera, pero ninguna haya logrado jamás salir del centro de detención. No habían planes, solo desesperación y fuerza. Era un acto súbito que les llenaba los pulmones y les quitaba la angustia. Pero llegar a la carretera mediante el arte del escape, asegura Yoselyn, parecía imposible.

Los fines de semana, las muchachas veían películas. Ahí, cuenta Yoselyn, logró hacer algunas amigas. Juntas, hablaron de sus familias y lloraron, se contaron sus secretos y describieron sus ciudades natales. Se acompañaron durante el ejercicio y se pintaron las uñas. La mejor amiga que hizo Yoselyn se llamaba Sofía, pero simplemente, cuenta ella, un día desapareció. La mayoría terminaba hablando sobre los deseos de reencontrarse con su madre.

Yoselyn tuvo la oportunidad de hablarle por teléfono a su mamá en algunas ocasiones. La primera fue 10 días después de que separaran. La joven comenta que unir el encierro con un montón de personas desesperadas que extrañan a su familia en una edad conflictiva, terminaba confundiéndolo todo. Los chismes corrían rápido por los pasillos. Según ella “Algunas de las otras chicas decían que nos iban a sacar. Otras decían que nos iba a deportar”.

El primero de julio, la adolescente recibió la noticia: era su turno de irse. Voló hasta Nueva York en el primer vuelo. Vio “Coco” mientras sobrevolaba los edificios.

La infancia manchada

Casa Padre es uno de los centros de detención más grandes y conocidos en los Estados Unidos. Según cuentan, alberga a cerca de 1.500 menores. Está en Brownsville, Texas. Y donde ahora hay camas, baños y comedores, alguna vez hubo un Walmart.

Casa Padre vista desde arriba (Foto: Loren Elliot)

Son 23.000 metros cuadrados y no existen en el mundo muros tan altos como para tocar el techo de un galpón así. Los ruidos corren por los paneles que intentan ser paredes. Los niños, aseguran los empleados, hacen sonidos de animales. Queda un breve silencio, y cae otro. La granja comienza a reunirse muy pronto.

Según el empleado de Casa Padre: “Alguien comienza a imitar un mugido. Les parece divertido. Lo hacen el tiempo suficiente para que todos puedan oír, y luego todos nos reímos”. Pero la risa se disipa luego. El trabajador habla sobre Southwest Key Programs, uno de los operadores más grandes de refugios juveniles para migrantes, y que administra Casa Padre. Él comenta que la administración deja algunas cosas que desear. Los empleados están estresados y agotados: los turnos de 12 horas y la responsabilidad no ayudan.

Hace algunos días, un chico hondureño de 15 años escapó de Casa Padre. Escaló una enorme reja durante un recreo al aire libre. Los miembros del personal deben contar a los muchachos repetidas veces durante el día. Hacen conteos en voz alta. Son 1.500, pero ya reconocen a bastantes de ellos.

En Casa Padre, todo debe hacerse en grupos. No hay forma de monitorear a los muchachos de forma individual. Por ejemplo, si un chico necesita ir al baño durante una clase, el personal debe buscar a otros siete que también lo necesiten. No hay acciones individuales. “En cuanto se forman en fila, ya caminamos al baño”, comenta el empleado.

Lo más estresante del ambiente en Casa Padre, es que la mayoría de los chicos no saben cuándo irán a salir. A pesar de que hay muchos que fueron separados de sus padres en la frontera, un buen porcentaje de ellos fue catalogado como “menores sin supervisión”. Según las autoridades, esos menores fueron detenidos por cruzar sin un padre o sin un tutor.

Darly Coronado, de 3 años, estuvo cuatro meses alejada de su madre (Foto: The New York Times)

A veces, comenta el empleado, los sonidos se apagan y los muchachos se quedan silentes. “Si se sienten tristes, todo se queda en silencio. Los verás sentados en el suelo, como abrazándose a sí mismos“. En algunas ocasiones, los chicos rezan. Estados Unidos es un país laico, pero les permiten la oración en el centro. En algunas ocasiones, se la recomienda a todos los muchachos. Después de rezar, hacen pulseras. Las regalan.

Como en todos los otros centros, la oscuridad inunda todo a las 9 de la noche. Los muchachos se acuestan. Algunos miran al techo y descubren, por primera vez, que las paredes no llegan hasta arriba.

Un mugido inunda el lugar.

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