En un jardín infantil de Cali, las profesoras no alcanzaron a pensar. Se movieron por instinto: rodearon a los niños, los abrazaron, formaron con sus propios cuerpos una barrera contra lo que caía del techo.
Uno de los animadores se sumó al círculo. Una trabajadora se arrodilló en medio del temblor y empezó a rezar en voz alta, mientras los pequeños lloraban asustados sin entender qué pasaba.
En medio de esa magnitud de tragedia, hubo adultos que no dudaron en poner su propio cuerpo entre el peligro y la infancia que tenían a cargo.
