Roman tenía 4 años y cada mañana se paraba junto a la puerta de su casa en Concord, Carolina del Norte, esperando a alguien para saludar.

Desde que sus padres se divorciaron y su padre se mudó, la soledad se le metió por dentro. Sus abuelos vivían lejos, su madre Anna Butzloff trabajaba, y él llenaba ese vacío saludando al basurero, al repartidor de Amazon, a cualquier vecino que pasara frente a su casa. A muchos ni siquiera su madre los conocía.

Un día el jubilado Wade Folger, su vecino de al lado, le devolvió el saludo y se acercó a charlar. Después empezó a invitarlo a su casa. Otros vecinos hicieron lo mismo, y sin planearlo, Roman se convirtió en el hilo que unió a toda la cuadra: los invitaba a sus competencias de natación, a sus partidos de fútbol, a su preescolar. Su madre ya sabía a quién llamar para cada cumpleaños.
Años después, esos mismos vecinos que jamás se habían dirigido la palabra se saludan en la calle, igual que él les enseñó sin decir una palabra.