Sean Reavie es agente de enlace escolar en Phoenix, Arizona, y lleva dos décadas trabajando codo a codo con estudiantes que viven realidades que casi nadie ve. Familias sin coche, padres con varios empleos, chicos que nunca cruzaron la autopista de su propio barrio.

Cuando la financiación para la excursión de fin de verano de la escuela Greenway desapareció, la coordinadora Katie Jenkins no sabía a quién más pedirle ayuda. Reavie no dudó: pagó el alquiler completo de una sala de cine, con palomitas, dulces y bebidas, para que 144 alumnos de séptimo y octavo grado vivieran algo que nunca habían experimentado. Para muchos, era la primera vez que entraban a un cine.

Antes de que se apagaran las luces, les pidió solo una cosa: que cuando crecieran, ayudaran a otros como él los ayudó a ellos. No fue un gesto aislado. El año pasado gastó más de 3.000 dólares llevándolos a un parque acuático, y hoy dirige una fundación inspirada en superhéroes para niños que enfrentaron el miedo demasiado pronto. A veces la bondad no pide nada a cambio, solo que se repita.