En las manos de este científico hay una cría que nunca llegó a nacer.
Es un feto de lobo marino conservado en formol, una de las evidencias más silenciosas de lo que dejó El Niño de 1997 y 1998 en Punta San Juan, en la costa de Ica, Perú.
Durante el calentamiento extraordinario del océano alteró la disponibilidad de alimento de los animales que dependían de la corriente de Humboldt. Para los lobos marinos, el desastre coincidió además con una de las etapas más delicadas de sus vidas: la reproducción.
En Punta San Juan, más de 2.000 crías de lobo marino murieron en apenas una semana. En el caso de los lobos finos, las madres tuvieron que permanecer entre 10 y 20 días en el mar buscando alimento y las pocas crías que nacieron terminaron muriendo en cuestión de semanas, muchas de ellas de hambre.
Las playas comenzaron a llenarse de cuerpos.
Las poblaciones consiguieron recuperarse después de aquella catástrofe, aunque la amenaza que representa El Niño nunca desapareció. Los científicos siguen utilizando Punta San Juan precisamente para comprender cómo los cambios en el océano afectan a especies que dependen de él.

Por eso aquel pequeño ejemplar conservado en formol no es solamente una pieza del pasado. Es el recuerdo de lo rápido que un océano que cambia puede transformar una costa llena de vida en una playa cubierta de animales muertos.
